domingo, 22 de agosto de 2010

De la vejez


Resulta difícil delimitar esa etapa cadencial de la vida. Si uno tuviera que describir a una persona vieja, probablemente hablaría de arrugas, canas e impotencias. Pero intentaremos hablar de vejez en términos más subjetivos y, por eso mismo, reales. Tal vez la vejez se hace presente cuando el sujeto sabe que es más intenso el recuerdo de lo vivido que lo que queda por vivir. Se podría adjuntar la proximidad de la muerte, pero uno puede sentir esa proximidad en el cenit de su vida, con la angustiosa sensación de que todavía quedan muchísimas cosas por vivir. Por esto nos quedamos más con la definición que hace referencia al recuerdo. La vejez se trata, entre otras cosas, del final último.
El sujeto que alcanza la vejez no pudo haberla alcanzado sin un mínimo cariño por la existencia. Es dado pensar, entonces, que la proximidad de la muerte se ve teñida de angustia. Pero no sólo es la angustia por el final último de la vida, sino también por todos los finales que se suceden. Es la angustia por la pérdida de lo que uno era, en alguna medida. Se pierden capacidades, apariencias, tolerancia. Sin contar la pérdida de todos aquellos seres que fueron desapareciendo durante nuestro paso por la vida.
La ancianidad es el último tramo de la construcción de esencia. Son tantas y tan intensas las cosas por recordar que gran parte del día debería invertirse en esa labor. Es difícil pensar en una vida plena cuando la misma va en decadencia. Sin embargo, esa misma decadencia puede manifestarse plena y esa cadencia puede constituirse en parte estructural de la obra que es la existencia.
Ejercitando la imaginación puedo ver a un viejo escribiendo elegías para la muerte de un joven. Mirando cada tanto sus manos y comprobando que las arrugas siguen ahí. Leyendo todo lo que puede, para aferrarse con toda su fuerza a lo que cree ser. Mirando a través de cristales rayados ora al espejo, ora a una foto vieja. Llorando la muerte del joven y la de todos los otros. Recordando a los que el veía viejos, tan lejanos. Recordando el mundo recibido y analizando el mundo realizado. Admirándose y preocupándose de la nueva juventud en el mundo. Tal vez acompañado, tal vez solo. Pero en este ejercicio encuentro poca belleza. La vejez se me aparece como un pedestal desde el cual pueden verse los resultados de la vida. No me interesa ver nada de eso.
He tratado muchos viejos en mi corta existencia. En ese trato pude distinguir distintas formas de acatar la ancianidad y de sobrellevarla. Aquellos que se ven acompañados por una familia suelen aferrarse a esta como un náufrago a un salvavidas. Porque en los miembros más jóvenes reviven su propia juventud, porque se sienten necesarios en una forma en la que no se sentirían en otros ámbitos. Sólo la necesidad (por parte de otros) del amor que uno puede dar justifica la existencia de uno.
Hay otros viejos que además de estar acompañados (o a pesar de no estarlo), lograron hacer algo con sus vidas en su juventud. Y no me refiero con esto a que son grandes personalidades ni que son dignos del reconocimiento de la sociedad. Digo que han hecho algo con lo que ellos eran. Se constituyeron como objetos de sí mismos y decidieron hacer algo con eso. Convertirse en lo que ellos querían. Eligieron lo que son. Ellos son los que viven hasta el último minuto, sin importar si la muerte llega temprano, justo o tarde. Estos son hombres sensibles que mientras tengan piernas, caminarán. No existe el cansancio. No existe la dificultad. Las empresas se dividen en dos tipos: Posibles e imposibles. Y las imposibles no existen. Esta es la gente que no valora tanto la vida sino lo que puede hacerse en ella. Si esa actividad la lleva a la muerte, habrán vivido plenamente. Si el miedo los lleva a la parálisis, se sienten indignos de la vida hasta que abandonan ese estado, sobreponiéndose al temor.
Existe un último tipo de ancianidad. Son aquellos sujetos que valoran, por sobre todas las cosas, la vida. Nada es para ellos más importante que mantenerse vivos la mayor cantidad de tiempo posible. Con este objetivo, son ellos los viejos que nunca dejan su morada. Siempre guarecidos de las inclemencias de la vida. Sólo salen para visitar doctores que los drogan hasta que revientan. Este es el poético caso de aquellos que mueren de manera prematura. La típica situación en la que el propio temor a la muerte termina por provocarla. Estos sujetos olvidan que la única forma de vivir, es viviendo. Que los doctores de la ley perdonen mis tautologías.
Como vemos, las distintas formas de sobrellevar la vejez tienen clara relación con lo que uno haya hecho de uno. Creo que la vejez que más amo es la que permite entrever destellos de juventud. Esos viejos mal llamados locos. Porque a pesar de sus canas se atreven a andar cambiando. Aún siendo portadores de arrugas tienen la desfachatez suficiente como para andar haciendo gala de su libertad. Me gustan los viejos que se ríen con benevolencia de los jóvenes equivocados. En contraposición con esos que ríen con sorna, valorando más su razón que la realidad. Me gustan los viejos que dan cuenta de que han amado y que aún en su vejez, transgrediendo todas las leyes, aman y besan. Valoro más que nada a aquellos ancianos que no hacen caso a quienes desconfían de sus capacidades (o los cuidan), horadándolas. Esos que no sienten ningún temblor al tirarse al mar, o al salir una mañana de frío a sacar al perro. Los que no traicionan todo su ser construido durante toda su vida con la pobre intención de posponer la muerte.

Para concluir, me limito a aclarar (como siempre) que mis valoraciones son estéticas. Como dije antes, encuentro poca belleza en la vejez analítica de la juventud o en cualquier vejez que no contemple el movimiento. Me gusta el viejo que afirma su libertad volviéndose impredecible. Ese que no se somete a lo que otros idiotas como yo dictan que un viejo debe ser.


G.-

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